Hora de levantarse. No quiere. No puede. Si por ella fuera se pasaría el día metida en la cama. Le gusta tanto dormir. Tanto su madre como Wendy están de acuerdo en que duerme demasiado durante el fin de semana y que pierde tiempo valioso pero no puede evitarlo, dormir es otra de sus pasiones. Su madre la avisa de que se está haciendo tarde, Álex no le presta atención y gira la cabeza para no ver a su madre mientras la incordia así que ésta decide destaparla. Álex empieza a sentir como el frío se apodera de ella, un escalofrío recorre su cuerpo. Decide levantarse e ir al baño, no se sienta en la taza, está congelada. Odia el frío, odia el invierno. Los días son demasiado cortos y eso la deprime terriblemente, eso sí, cuando llueve le encanta sentarse frente a la ventana y pasar los minutos viendo como cae la lluvia, pensando en sus cosas, reflexionando sobre cualquier tema. Otra razón por la que el invierno no le gusta es que a causa del frío siempre tiene las manos y los pies helados. No le gusta sentirlo y hay algunas veces que hasta le duelen los huesos. Pero que se le va a hacer, es una estación más del año y tiene que pasar, ya llegará el verano para poder ir a la playa y disfrutar del calor.
Hace lo mismo de cada mañana: vestirse, arreglarse, desayunar, lavarse los dientes y salir por la puerta hacia el coche esperando que el día pueda ser todo lo bueno dentro de lo posible. Llega al instituto y hace el mismo camino de cada mañana durante cinco días a la semana. Llega a la puerta de clase y, cómo no, el profe aún no ha llegado, siempre suelen tardar y Wendy tampoco está, llegará más tarde, como de costumbre. Se queda sentada en el suelo frente a la puerta de la clase, al lado de más gente de su clase, con la que no quiere hablar, si le dicen algo no va a contestar de mala gana pero no quiere más que una relación de “Hola” y “Adiós”, además a esas horas no tiene demasiadas ganas de conversar y no se ha levantado con buen pie.
Después de unos minutos desde que ha llegado suena el timbre, al poco llega el profesor y a los minutos de haber entrado en clase llega Wendy. A principio de curso no se sentaban juntas pero después de unas semanas lo consiguieron y ahora se sientan en un recoveco al final de la clase. Están lo suficientemente lejos de la mesa del profe como para que no les digan mucha cosa (de hecho es la mesa más lejana de la de los profes), pero se les ve bien, no hay nadie que las tape. Se dan dos besos, se preguntan qué tal todo y se sientan. Wendy siempre sube la silla, Álex ya ni se esfuerza, es verdad que debería hacerlo pero si a veces ni siquiera arregla el desorden que hay en su propia vida, para qué lo iba a hacer en un lugar donde no se siente demasiado cómoda, no porque sea el instituto, sino porque en esa clase está mal, tanto ella como Wendy están hartas de sus compañeros de clase, se merecen una clase algo más responsable que esa. El día se hace largo, demasiado quizá.
Esa noche, en la cama, repasa el día, otro cualquier día como los demás, no ha ocurrido nada nuevo, nada especial. No sabe por qué sigue esperando que algún día pase algo emocionante si de cada vez se lleva más decepciones. En ocasiones siente que la vida se le está pasando sin aprovecharla, en verdad sólo tiene quince años y tampoco puede decir mucho pero es lo que siente, y de verdad lo lamenta. Piensa en cada día de este curso y sólo ve como va cada día al instituto, vuelve y se pasa la tarde trabajando. No hay más. Puta vida. En ese momento recuerda una frase de un libro: La vida te va dando y quitando constantemente. Hay que aprender a estar firmes en los malos momentos y disfrutar de los buenos. Al pensar en esta frase recuerda que Wendy siempre le dice que no sea tan negativa, lo intenta pero le viene de familia y no puede evitarlo, y de este modo se queda profundamente dormida. Dulces sueños.